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Ecuador 01/02/2018

LA BELLA LOJA
Jueves 01/02/2018
Otra nueva estapa en este deambular constante. A a pesar de sus años y de los achaques, el viajero se dirige en un minibus hacia Loja, bautizada así por Alonso de Mercadillo, natural de Loja (Granada) en 1548. 

El viaje le demora más de cinco horas, pero ya empieza a acostumbrarse y soporta estoicamente los inconvenientes, observándolo todo, animado por la belleza del paisaje y los cambios que se van produciendo en la vegetación: de los frondosos bosques tropicales, a tierras de pastos salpicadas de pinos y eucaliptos. A mitad del trayecto, le llama poderosamente la atención la cantidad de cortaderas que colonizan los pastos o los claros del arbolado.
Mantiene una larga conversación con uno de los compañeros de viaje, el resto se encuentra atrapado por el celular: chateando, realizando llamadas o escuchando música; ajenos a lo que ocurre a su alrededor.
El señor, al que calcula una edad similar a la suya, le dice que se ocupa de la ganadería vacuna y ovina; añade que tiene dos hijas en España que le suelen visitar cada año.
– Mucha gente, con la que ha contactado en este viaje, tiene familia en España – reflexiona el viajero .
Busca en su celular un alojamiento en el centro de Loja. Se decide por uno situado en el casco histórico de la ciudad: El Podocarpus. Precio asequible. Uno de esos hoteles impersoanales en los que se hospeda la gente por trabajo.
Deja el equipaje, y sale a dar un paseo por los alrededores. Están en obras en gran parte del centro histórico;
soterrando cables y saneanado aceras y calzadas.
Se sorprende gratamente de la abundancia de iglesias y casas bajas de estilo colonial, muy bien cuidadas.

Así termina su primer día.




Atardecer en Loja



ADIOS CIUDAD DE LOJA
Viernes 02/02/2018 
El viajero ha contratado un viaje en bus por la ciudad y se ha paseado por los principales lugares. Y por la noche le ha asaltado la vena poética y ha escrito estos versos dedicados a las ciudades de Cuenca y Loja:

Cuenca la ciudad hermosa
nos muestra su señorío,
tan bella como una rosa
bañada por varios ríos.

Artesanos del sombrero
hechos de paja toquilla,
que protegen hábilmente
la cabeza de sus gentes.

Señoriales edificios:
Iglesias y catedrales,
comercios por todas partes,
vendedores ambulantes,
puestitos de artesanía,
frutas, hortalizas, flores
almuerzos y desayunos.

Es un devenir constante
de personas circulando,
los taxis con sus bocinas,
los autobuses manchando
con humo negro las calles.

Y Loja, la ciudad bella,
que presenta sus encantos,
con casitas de dos pisos
de muy diversos colores.
Plazas y parques urbanos
decorados con gran gusto,
presididas por iglesias 
del que reciben su nombre.

¡Ay! callecita de Lourdes
con sus pequeñas casitas,
con sumo gusto adornadas
sus puertas y sus ventanas,
Verdes rojos amarillos
azules rosas morados
un intenso colorido
que alegra a los paseantes.


 Adios ciudad de Loja


¡Oh Vilcabamba !
Sábado 03/02/2018
Aproximadamente una hora de bus para recorrer los cuarenta y cinco kilómetros que distan desde Loja a Vilcabamba. Parecía visita obligada, muchas personas se lo han recomendado como lugar magnífico, para disfrutar de la naturaleza y descansar.
El descanso del toro
Siguiendo su instinto, ha decidido alojarse en el  un hotel con encanto: "El Descanso del Toro hostería spa". El viajero ha aprovechado la buena señal de wifi para actualizar el blog y descansar, un breve y tranquilo paseo por la plaza central del pueblo, de no más de sietemil habitantes.
El Valle de Vilcabamba, también llamado Valle Sagrado o Valle de la Longevidad, es famoso porque se le atribuye algo único y mágico en las aguas de su río Vilcabamba: parece que sus aguas están nutridas de magnesio y hierro, que hace que sea el lugar donde se concentran el mayor número de personas centenarias. 
Realidad o leyenda, lo cierto es que aquí han venido a residir,  o pasar largas temporadas, gran cantidad de jubilados de EEUU. El viajero ha podido observarlos en las terrazas de restaurantes y cafés con su descuidada estética hippie.
En la plaza también había una especie de concentración de coches y furgonetas de los años 60 y 70, con jóvenes argentinos que pretenden llegar hasta Alaska, según rezan los carteles que llevan pegados;  alguno lleva un año de recorrido desde Ushuaia.





CABALGANDO A LA CASCADA
Domingo 04/02/2018 
A las diez de la mañana le espera el guía Ricardo con dos caballos y, después de ayudar al viajero a montar, comienzan a cabalgar al paso hacia la montaña, para llegar a la cascada de Palto.
El viajero solitario apenas ha cabalgado una vez, haciendo un corto paseo por piso llano, en uno de sus viajes a Bolivia, pero el reto de hoy es muy fuerte para un novato como él. El caballo es muy tranquilo y prudente pero, cuando inicia el trote, el jinete salta y teme caer con los botes.
Después de circular un buen trecho, por la carretera y una pista donde circulan los vehículos, cruzan el río y se adentran por un angosto camino ascendiendo por la falda de una montaña.
El camino es tan estrecho que en ocasiones roza con los estribos las rocas que lo limitan. El suelo está mojado por las lluvias de la noche anterior y, a veces, el caballo resbala, con la alarma consiguiente del viajero. Está tenso, se agarra fuertemente a la silla hasta sentir dolor muscular en sus brazos. Observa al guía y trata de relajarse. Mucho mejor.
Tras hora y media de cabalgata, salpicada de empinadas cuestas y alguna leve bajada, atraviesan una cancela, el camino mejora, no hay que sortear tantas rocas. 
Se siente cansado por la tensión y nota dolor en los abductores. Media hora después, en lo alto, paran en un llano con pasto. Le cuesta descabalgar y precisa la ayuda del guía.
Los caballos se quedan pastando en el prado. Ellos bajan por una empinada cuesta hasta llegar a la base de la cascada.
El viajero recupera fuerzas mientras charla con el guía. Éste le cuenta que estudió electricidad y que estuvo ocho meses trabajando en una empresa eléctrica de obra civil; pero el trabajo no le satisfizo y decidió volver a Vilcabamba. 
De regreso, la subida al prado, donde pastan los caballos, se le hace muy pesada y debe parar varias veces para recuperar el resuello. Siente la tensión de los abductores y comienza a molestarle la rodilla derecha.
– Queda la vuelta – se lamenta el viajero para sus adentros –.
La bajada le resulta más penosa, en algunos momentos está a punto de caer, pero se agarra a la silla con fuerza y evita la caída. Trata de relajarse y, en ocasiones, lo consigue. El trayecto se le antoja eterno. Llegan a la parte baja y paran en un humilde chiringuito a tomar una cerveza.
A pesar de estar decretada la ley seca, por la celebración del referéndum, durante cuatro días: dos antes y dos después; el señor les sirve diciendo que allí no controlan. Charlan un rato y reanudan el camino tras cruzar nuevamente el río.
El caballo inicia el trote y los botes le producen un intenso dolor. El guía le cambia de caballo indicándole que tiene un trote más suavito. Efectivamente así es, sigue sintiendo dolor pero más llevadero y se resigna.
Al fin llegan a la hostería El Descanso del Toro. Casi no tiene fuerza para bajar del caballo y, al levantar la pierna, siente un intenso dolor en las ingles. Con ayuda descabalga. Apenas puede caminar.
Se recupera, entra en el alojamiento y toma algo para comer en el restaurante. Se da una buena ducha y toma un baño en la piscina y se relaja en el jacuzzi con agua calentita.
Se siente restablecido, aunque ligeramente dolorido. Veremos cómo se encuentra mañana.
Está muy satisfecho y no se lamenta en absoluto de haberse sometido a esta nueva prueba. Se siente joven en cuerpo viejo, pero resistente. Percibe una gran satisfacción por haber recorrido, tal como le ha indicado el guía, una de las rutas de los descubridores en sus largas travesías hacia la amazonía en busca del mítico Dorado.
 


 El jinete en busca del Dorado




¡SALUDOS ZAMORA!
Lunes 05/02/2018 
Se levanta con la resaca electoral de Ecuador. El presidente Lenin Moreno ha ganado contundentemente la consulta del siete veces sí. Muchos analistas dan por finalizada la etapa de Correa, se abre una nueva puerta a la esperanza en el país, anuncian la mayoría de los asambleistas.
El viajero tiene la idea de viajar a Zamora, sin saber exactamente por qué razón. Le da igual, es libre de elegir y se pone en marcha sin saber exactamente que se va a encontrar. De Vilcabamba deber regresar a  Loja para, desde allí, tomar otro bus hasta Zamora. 
En menos de cuatro horas ha llegado a su destino.
Tal es su nivel de improvisación que, en la misma terminal de buses, hace la reserva del hotel Betania, en el centro de la población.
El trayecto desde Loja es una carretera de montaña
salpicada de cascadas que, desde lo alto, despeñan su aguas hasta las profundidades. Llama su atención el bosque tupido, que cubre toda la extensión de las empinadas crestas montañosas hasta la cumbre.
Sobre todo, le asombran unos helechos gigantes: romerillo o helecho de árbol. Algunos llegan a alcanzar alturas de hasta cuarenta metros. 
De cuando en cuando, se observa cómo la montaña abre sus entrañas, desprendiéndose del exceso de agua acumulada por la vegetación, en caprichosas cascadas, que desaparecen en el fondo de los profundos barrancos, generando torrentes que alimentan los caudalosos ríos como el río Zamora, que atraviesa la ciudad que le da nombre. Este río, vierte sus aguas en el Santiago, en la confluencia entre Ecuador y Perú y, tras desembocar en el Marañon, alimenta al Amazonas por el norte. Antes de llegar a la ciudad, permite que sus aguas sean utilizadas por centrales hidroaeléctricas.
Zamora es una ciudad pequeña de menos de quince mil habitantes. Como todas las ciudades, tiene una plaza, la plaza de armas, situada en el centro, en donde está la iglesia y edificios civiles. 
El viajero ha disfrutado dando un paseo por el malecón. Dos muchachos al verle con la cámara le han confundido con un fotógrafo y le han pedido precio por la foto. Después de explicarles que no era fotógrafo sino turísta les ha sacado unas fotos y se las ha enviado por WeTransfer al correo.
Finalmente al añochecer después de cenar se ha retirado al hotel.
Mañana piensa ir al parque nacional Podocarpus


¡SALUDOS ZAMORA!



Caminata por el Parque PODOCARPUS
Martes 06/02/2018 
El viajero se ha despojado de la pereza y ha decidido darse una buena caminata por el parque nacional Podocarpus, el nombre viene de un pino autóctono de estas latitudes, que no conseguirá ver porque crece en las alturas.
El taxi le deja a las afueras del parque y debe realizar la travesía en solitario, como está mandado.
Inicia la caminata y comienza a subir cuestas por un camino muy bien señalizado, al rato, comienza a dudar de su capacidad para llegar al destino. Le han dicho que la cascada Poderosa se encuentra a cuarenta y cinco minutos pero, como no pretende batir ningún record, se conforma con tardar el doble si fuera preciso, camina lentamente y al superar los repechos descansa para recuperar el ánimo.
Poco a poco se va entonando y lleno de sudor, el grado de humedad es muy elevado, se aproxima al campamento de los guarda parques. Se registra y se encamina decidido a visitar la cascada Poderosa. La empinada cuesta del camino lleno de escalones se le hace pesada. Debe parar unos minutos en un velador de descanso y, resuelto, completa el recorrido hasta llegar a la cascada. Se encuentra completamente solo, escuchando el sonido del agua que discurre bulliciosa y el cántico de las oropéndolas. Llega al pie de la cascada y disfruta placenteramente del rumor de sus saltarinas aguas.
Desanda el camino y toma una nueva ruta para descender al río que, con las lluvias baja muy revuelto, arrastrando restos de vegetación a su paso por el barranco. Otros minutos de contemplación.
Siempre le han atraído los ríos y quizá por ello se hizo pescador. La pesca y el rumor del agua, le generan un estado de paz interior que le aleja del mundo real y le vacía de los problemas y la rutina. Un estado de seductora sublimación que le atrapa.
Despierta, mira su reloj  y continúa caminando hasta la cascada Chismosa: pequeñita y graciosa pero no por ello menos hermosa. Nuevamente se mantiene unos minutos en trance y vuelve al campamento. Está cansado, empapado de sudor, pero satisfecho.
En el campamento conversa amigablemente con los guardabosques que acaban de almorzar y se echan unas risas.
Recuperado el ánimo, vuelve al lugar donde le había dejado el taxi. Poco a poco, su pesado cuerpo se hace más ligero y acomete las pendientes con decisión y sin descanso. Llega al lugar, su celular recupera la cobertura y llama al taxi para que le recoja; como se encuentra animoso sigue caminando hasta encontrarse con él. Misión cumplida.
De regreso a Zamora almuerza y se retira al hotel a descansar. Tras la siesta, prepara su presentación y escribe estas líneas para insertarlas en el blog.
Hoy sí que puede decirse que el viajero ha viajado en solitario.

PARQUE NACIONAL PODOCARPUS



LA ANÉCDOTA: VUELO ANULADO
Miércoles 07/02/2018 
Una fantástica mañana. El viajero pretende visitar la costa ecuatoriana. Pregunta por los medios de transporte. Le indican que el bús a Guayaquil debe tomarlo desde Loja, que demora en torno a diez horas y que es más aconsejable ir en avión que sale de Catamayo (La Toma). Le indican que el billete lo toma en el mismo aeropuerto.
Dicho lo cual, el viajero coge su equipaje y se traslada dos cuadras hasta la terminal de bus. Allí toma el bus para Loja. En el recorrido vuelve a recordar las hermosas y saltarinas cascadas, a pie de carretera, que le amenizan el viaje así como el tupido verdor esmeralda de las montañas conformado con todo tipo de árbolado: higuerones o matapalo, las esbeltas acacias,  pambil, polilepis, helechos gigantes y palmeras. 
En Loja hace transbordo para llegar a Catamayo, progresivamente la vegetación va variando y se aprecian pinos y eucaliptos, el ambiente es menos húmedo y las montañas, mucho más redondeadas, cambian de tonalidad a un color más pajizo. Se aprecian pastizales y campos de cultivo en el fondo del valle. Sopla un bochorno anunciador de una tormenta que no llega. El bus le deja en la plaza de la ciudad.
Toma un taxi hasta el aropuerto y se encuentra con que todo el personal se marcha a almorzar. No ha tomado la precaución de decir al taxi que espere y se encuentra sólo. Aparece el vigilante y cortesmente le proporciona un número de taxí, que no está disponible, le proporciona otro número y este sí confirma su asistencia. Vuelve a la ciudad a almorzar, acarreando su maleta hasta el interior de una casa de comidas recomendada por el taxista, que pomposamente se autodenomina restaurante. Tiene hambre y come lo que le dan por tres dólares cincuenta, pero deja la mitad en el plato. Acarrea la maleta hasta el centro de la plaza, en la única sombra que encuentra y deja pasar el tiempo. Vuelve de nuevo al aeropuerto. Allí le informan que no hay vuelo a Guayaquil, que solamente van a Quito.
El viajero, frustrado y resignado, compra un billete y solicita al señor que le atiende que actualicen la información del aeropuerto, puesto que en la web aparece claramente que hay un vuelo a la tarde a Guayaquil. 
Debe tragar con el precio, ciento ventinueve dólares y esperar más de dos horas en la cafetería.
Una hora antes de la hora prevista de salidad el avión procedente de Quito, en el que debe viajar, aborta el aterrizaje unos metros antes de entrar en pista. Algunos trabajadores del aeropuerto indican que sopla mucho viento y que los aterrizajes en esa pista son peligrosos, al viajero no le parece excesivo pero no comenta nada. El avión da vueltas y decide de nuevo aterrizar, vuelve a abortar, los empleados comentan entre ellos que seguramente no volverá a intentarlo. 
Corre la voz entre los pasajeros y se arremolinan en torno a los mostradores, les confirman que el vuelo se cancela. 
Cuando la gente trata de cambiar el billete en las ventanillas, hay un nuevo aviso. El avión que ha aterrizado en Guayaquil para dejar al pasaje, vuelve al aeropuerto para efectuar su salida con retraso. 
Deben volver a realizar de nuevo el check in. Entran en la puerta de embarque, una vez allí, les informan por megafonía que se los viajeros se han amotinado en Guayaquil y no consienten en bajar del avión, exigiendo que les lleven a Catamayo y, que en consecuencia, se anula el vuelo de forma definitiva.
La gente se arremolina en las ventanillas para cambiar el vuelo para el día siguiente. El viajero solitario espera tranquilo y jocoso haciendo risas con unos muchachos que trataban de viajar a Quito y que también, dentro de la frustración, se lo toman con humor.
Consigue llegar a una de las ventanillas para reclamar la devolución del dinero y una señorita le indica que eso debe hacerlo en la oficina, que ahora está cerrada. El viajero reclama y el señor de la ventanilla de al lado le dice que él lo va a hacer.
Efectivamente, le dan el justificande del reingreso en la tarjeta, toma su maleta y un taxista se ofrece a llevarle a Loja por veinte dólares, le sale mucho más caro que en bus, pero llega más rápido y no tiene que tomar dos taxis. Acepta y se traslada al hotel Podocarpus en el que estuvo alojado con anterioridad.


COMIENZA EL VIAJE POR LA COSTA 
Jueves 08 y viernes 09/02/2018 
Aunque el Viajero Solitario parece tener más preferencia por la montaña y la selva no desdeña en absoluto el mar. 
– Vamos a Guayaquil – comenta a la persona que le observa al otro lado del espejo .
Como no hay objeción, termina de asearse, recompone el equipaje, que apenas ha tocado. Baja  a la recepción a despedirse y solicita un taxi para ir a la terminal de buses. 
Allí, de forma improvisada, se le antoja ir al sur de la costa, casi en la frontera con Perú, con la intención de desplazarse hacia el norte en etapas sucesivas.
Se decide por Machala, a seis horas de bus. Capital de la provincia de El Oro, es la cuarta ciudad de mayor importancia económica del país y el segundo puerto marítimo. Hay minas de oro, gran producción de plátanos, cacao, y criaderos de camarones.
El viaje transcurre entre montañas con constantes subidas y bajadas, curvas y más curvas. La vegetación exuberante del oriente se va tornando progresivamente en montañas con menos arbolado y con abundantes pastos.
El bus deja la montaña y se introduce en el llano, pasan por Santa Rosa y al pasar por El Retiro, un sin fin de platanales aparecen a ambos lados de la doble calzada que les conducirá hasta Machala. Más de veinte minutos de recorrido y el viajero recrea su vista contemplando los sacos de plástico que resguardan el fruto. 
El bus se adentra en la ciudad de Machala y deja al pasaje en un garaje de su cooperativa. Al parecer en la ciudad no hay terminal de buses, cada cooperativa tiene sus propios apeaderos.
Con el equipaje en la acera de la calle, conecta con un portal de reservas y elige sin convicción el primer hotel que localiza próximo al centro: El Hostal Madrid. Más que hostal es una pensión, pero tiene lo necesario: cama, baño ducha y suficiente señal de Wifi para poder actualizar el blog de viajes.
Deja el equipaje y sale a tomar algo para acallar su estómago que lleva un buen rato reclamando alimentos.
Después se da un paseo por los alrededores: edificios sin terminar, construcciones realizadas con un pésimo gusto y sin orden ni concierto, una casa de tres pisos, con columnas en su techumbre mostrando descarnadamente las ferrallas en la cumbre, otra, al lado, de una sola planta, la de más aquí con porche, la siguiente comiéndose la acera: un verdadero despropósito urbanístico.
Los vehículos pitan constantemente, raro es el que no lo hace, respondiendo a un ritual establecido.
Pregunta qué hay de interés turístico por visitar y le recomiendan que vaya al puerto Bolívar, para tomar una lancha hacia la Isla Jambeli. De este modo, vuelve al hostal y solicita quedarse un día más. 
A la mañana siguiente, el viajero se levanta descansado y se marcha en taxi al puerto. Allí toma un boleto de cuatro dólares de ida y vuelta y se introduce en la lancha. Tardan aproximadamente media hora en llegar a la Isla.
Se introducen en una especie de ría flanqueada mangles, el árbol que lanza una especie de ramas o raíces que, penetrando en el agua, se fijan en la orilla formando los manglares. El agua verdosa está muy tranquila.
La lancha arriba al embarcadero y descienden. Pasan por una especie de calle y, al frente, aparece una larga playa con aguas tranquilas. Al borde de la playa unas pequeñas edificaciones con evidente aire de provisionalidad albergan varios chiringuitos unos junto a otros. Ofrecen todo tipo de platos típicos ecuatorianos entre los que destaca el ceviche.
El viajero trata de investigar y se aleja  de la zona de playa limpia de restos que arrastren las mareas. Un sol plomizo lanza de forma agresiva su calurosa carga. Pasea solo caminando sobre la gris arena, plagada de restos de basura vegetal arrastrada por la marea. El agua está subiendo su nivel y llega hasta una edificación de la policía abandonada, porque las aguas del mar se han apoderado de ella.

Vuelve por un camino interior y apenas llega a toparse con tres personas. Casitas humildes construídas de madera y patios con gallinas picoteándolo todo. Los perros ladran a su paso avisando de la presencia del viajero. 
Se para a contemplar las enormes vainas que cuelgan de las acacias rojas o flamboyan. El viajero tiene idea de haber visto estos árboles en Argentina y Paraguay, allí los llaman chivatos.
Vuelve hacia la zona de playa limpia, habilitada para el baño, junto a los chiringuitos. De camino se adentra curioso en un criadero de camarones.
Al llegar a la zona de los restaurantes, le saluda uno de los camareros con el que había charlado en la lancha camino de la isla, de nombre Joe Vega, un simpático muchacho que le colma de atenciones.
Almuerza en la terraza de su establecimiento: una corvina regada con cervecita bien fría. Deja su mochila al cuidado de Joe mientras se premia con un baño de agua calentita en la playa.
Relajado y repuesto de sus sudores, se dirige al embarcadero y toma la lancha de regreso a Puerto Bolivar.





GUAYAQUIL
Sábado 10/02/2018 
Hoy le toca al viajero una nueva etapa en bus para llegar a Guayaquil, el viaje en esta ocasión es de menos de cuatro horas. A  través de los cristales sigue contemplando las interminables plataciones de banana y de cacao.
Llega a la terminal y se adentra en el edificio para buscar la salida y tomar un taxi. El edificio es enorme, con varias plantas a las que se accede por escaleras mecánicas. Está abarrotado de gente, apelotonada en interminables filas, para acceder a las boleterías; es carnaval, muchas personas aprovechan estos días para tomarse un descanso en las playas.
Sigue las indicaciones de la cartelería, procurando de salir de ese maremagnum, pero está muy atento a su mochila y tratando de habrirse paso entre la muchedumbre, y se pierde. Debe preguntar al personal de seguridad y, desandando parte del camino, consigue encontrar la salida. 
Un río de taxis amarillos esperan en la puerta. Toma uno, concierta el precio, cinco dólares, y en veinte minutos llega al hotel. Rápidamente le reciben, toman su maleta y, tras hacer el ingreso, le acompañan  la habitación.
Todo perfecto: bien situado junto al parque Seminario (popularmente la plaza de las iguanas), habitación impecable y buena señal de Wifi.
Necesita tomar algo. Se cambia de ropa, toma su cámara bien escondida en su chaleco, y sale a dar un paseo por los alrededores.
Apenas camina tres cuadras, el sonido de unos altavoces llama su atención.
Se está preparando el desfile de carnaval. Encuentra en la misma calle una pizzería  solicita una personal acompañada de cerveza club. Mientras espera el pedido, comienza el desfile, monta la cámara y sale del establecimiento a sacar alguna foto. 
Al caer la tarde comienza a llover y debe refugiarse en los abundantes porches de los edificios, las aceras tienen un pavimento que con el agua se torna resbaloso y debe tomar precauciones para no caer.
En uno de los recesos del aguacero se decide a pasear por el malecón. El río Guayas muestra orgullo su caudal transportando abundante vegetación hacia el Pacífico. 
Al frente, la Isla Santay mira complaciente los lujosos edificios de la ciudad que, sin pudor, presentan sus siluetas iluminadas. El Palacio de la Municipalidad es el más generoso, mostrando su abundantes adornos con voluptuosidad, dejando al viajero epatado con tanta belleza.



 

Guayaquil: ¡Bien vale una misa!
Domingo 11/02/2018  
El cielo está encapotado,  de noche ha estado lloviendo. Después del merecido descanso, el viajero toma un abundante desayuno, se asea y se lanza a descubrir la ciudad. Antes de partir se acerca a la iglesia Catedral de San Pedro situada en el frente del Hotel Continental donde está alojado, en el parque Bolivar y participa de la celebración eucarística.
A las diez  sale el bus turístico y, como es su costumbre, lo toma para tener un conocimiento general de la ciudad. De vuelta se decide por pasear por el malecon y, desde allí, se embarca en una lancha para conocer la isla Santay: una isla con una pequeña población de aproximadamente doscientas cincuenta personas que vivían y todavía lo hacen de la pesca artesanal.
En la actualidad gran parte de la comunidad se dedica al turismo. Gracias al apoyo del gobierno, viven en unas casas dignamente construídas con madera, que disponen de agua y luz y se han formado en el ámbito del turismo ecológico.
La isla es un pantanal que se inunda con frecuencia. Han construido con madera tratada unos caminos elevados, sobre base de columnas de hormigón, protegidos con barandillas.
En varias charcas habilitadas se refugian varios cocodrilos.
De regreso ha continuado su paseo a todo lo largo del malecón, lleno de familias, pasando la calurosa tarde. Cansado, se ha retirado al hotel y se ha dado una ducha reparadora.




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